6 jul. 2009

Daroca y el Hotel CienBalcones (Aragón y el mudéjar)

Antes de entrar en faena y hablar de Daroca y del Hotel CienBalcones, he de aclarar mi pasión por esta tierra.

No recuerdo cuándo, ni cómo, empecé a sentir una atracción fatal hacia el arte mudéjar. Seguramente fue en algún viaje, por las tierras de Aragón, transitando todavía por carreteras nacionales y comarcales, que es cuando se aprecia realmente la vida de los pueblos. Mis recuerdos son de calor, tierra roja y destacando siempre, hermosos campanarios mudéjares. En cada pueblo, más de lo mismo. En aquel momento de mi vida, y muchas veces después, siempre he anhelado preparar una ruta siguiendo el arte mudéjar en Aragón. Desgraciadamente, todavía no he cumplido mi propósito, pero sigue presente en mi lista de viajes pendientes. He ido salpicando pueblos, de aquí para allá, como es el caso de Daroca, pero algún día, sin prisas, recorreré las tierras aragonesas que tantos tesoros tienen para mostrar.

No es la primera vez que estoy en Daroca, pero sí que hoy la veo con ojos diferentes. Es un pueblo pequeño, pero muy hermoso. Rodeado de fuertes murallas, con imponentes puertas que delimitan a la perfección la entrada y la salida, acoge con orgullo varias iglesias mudéjares de glorioso pasado. En sus calles encontraremos tiendas cerradas que son un lánguido recuerdo de su otrora esplendor, pero que conviven con los nuevos comercios que dan vida al núcleo urbano. Siempre cruce de caminos, enclave importante de rutas reales y comerciales, Daroca intenta sobrevivir como otros muchos pueblos aragoneses.

Y fue por eso, un alto en el camino, que acabamos de nuevo entre sus murallas. Llegamos en el ocaso del día, cuando el calor remite y el cielo se tiñe de naranja. Es el momento de salir a la calle, con la fresca, a compartir la charla con tus amigos, a tomar una caña o simplemente a pasear un rato. Y es así cómo encontramos el Hotel CienBalcones. Su terraza de verano estaba muy animada, pero sin chillidos estridentes, buen ambiente, disfrutando de la suave brisa que nos regalaba el final del día.

El hotel es de tres estrellas, pero es realmente fantástico. Se han esmerado mucho en la decoración y el servicio es excelente. Las habitaciones (al menos la nuestra, una doble superior) era muy amplia, con una distribución novedosa y de un hotel con más categoría. Sólo echamos de menos un minibar en la habitación, ya que semejante calor te obliga a beber a todas horas.

Aprovechando la atractiva terraza del hotel decidimos picar algo allí mismo, y para sorpresa nuestra, tenían una carta con comida ligera muy maja: bocatas, sandwinchs, ensaladas, tostadas… todo muy bien presentado, con calidad y cantidad. Absolutamente recomendado!

Después de una noche de descanso estupendo, el desayuno fue más bien discreto, poca variedad, pero en su favor, he de decir que la bollería era recién hecha. Muy rica. Fuimos a recoger nuestro coche al parking, y de nuevo en ruta. Hasta la próxima parada!

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