5 abr. 2018

Un día perfecto en las Alpujarras granaínas

Cuando la jornada sale redonda, sale redonda, y eso es lo que me ocurrió ayer.



Ni siquiera tenía previsto visitar las Alpujarras, pero la conversación con una amiga y el hecho de equivocarme en una reserva de alojamiento, me hicieron mirar hacia allí.

La verdad es que le tenía ganas a este espacio natural, pero como pilla tan a desmano, al final nunca me decidía, pero los imprevistos es lo que tiene, que te empuja hacia lo desconocido y a veces el resultado es fantástico.




Lo primero es que no encontraba ningún alojamiento que encajara económicamente en lo que quería gastar, y al final decidí que ya que íbamos a turistiquear, mejor hacerlo como dios manda. Cogí una habitación en el Balneario de Lanjarón, entrada maestra a las Alpujarras. Y ya que estaba, con termas incluidas, claro! no iba a desaprovechar la oportunidad.

El alojamiento correcto, aunque el sistema de ascensores y la ubicación de los servicios un poco rara. Sentía que desde la habitación al hall del hotel, al comedor o a las termas estaba a mil kms! y como se te olvidara algo en la habitación, ya no volvías desde luego!



Empecé el día dirigiéndome a los pueblos blancos declarados interés turístico nacional: Pampaneira, Bubión y Capileira. Esto, casi acaba con mis piernas, porque cuesta arriba, cuesta abajo, es un entrenamiento brutal para mis mediocres músculos. Los pueblos eran muy blancos, con muchas fuentes, y como estábamos en semana de Pascua, muy llevaderos en cuanto a público asistente. Calles desiertas, muchas tienditas con útiles de esparto, mucha cerámica y jarapas para dar y regalar.








Era la una de la tarde y ya estaba muerta matá, así que decidí emprender camino a Trevélez, más por un tema sentimental que por el pueblo en sí, pero mi idea era comer allí, en Restaurante Haraicel que tenía buenas críticas. Parece que acerté.

Lo malo de viajar sola es que no puedes pedir pequeñas porciones para probar un poco de todo, porque aunque pides medias raciones, sieeeeemmmpre sobra comida, y eso lo llevo mal. Cuando vas con más gente, al final siempre hay alguien que como más que tú y acaba con todo.



Bueno, al grano. Por supuesto tenía que pedir el plato típico alpujarreño, contundente y sencillo, pero que no deja indiferente a nadie. He decir que tenía miedo de que me lo sirvieran con patatas congeladas, PERO NO! eran deliciosas patatas, entre asadas y cocidas, que servían de lecho a las únicas verduras del plato: cebolla y pimiento. El resto, todo colesterol, chorizo, morcilla, huevo... Elección estupenda, y felicidades al restaurante que ha sabido respetar la tradición con el buen arte de la cocina.

Aunque estaba cansada y tenía que llegar a las 6 a mi baño termal, decidí pasarme por Soportújar que me pillaba de camino. Es otro pueblo blanco, que sin estar preparado en servicios para el visitante, porque apenas tiene un par de bares abiertos (bueno momento para acercarte a los paisanos, cuya edad rondaba los 70) y sonsacarles de dónde había salido aquella historia de las brujas. Entre miradas cómplices, y medias sonrisas, intentan contar una película que ni ellos mismos se creen. Pero vaya por delante que el esfuerzo que han hecho por capturar visitantes, bien merece todo nuestro respeto.

Llegué muy justa a los baños, y sobre todo porque los pasillos del hotel eran larguísimosssss. Pero una vez allí, descubrí que estaba yo solita para disfrutar de la zona de termas ¿NO ES MARAVILLOSO? . Mientras bebes ese agua medicinal que sabe horrible y que tiene gas, pero lo bebes porque te has zampado 3 kgs de colesterol y tienes que poner remedio, puedes disfrutar de tres piscinas, con sus leds de colores, que invitaban al baño, a la paz y al relax más mágico que puedes imaginar. Una hora deliciosa, masajeando mis doloridos músculos al son del agua... bufff, un momento wow.

Sales de allí, casi arrastrando los pies, por el cansancio del día y calor de las aguas, pero una paz estupenda.

Para cerrar el día, me dirigí al Restaurante Tetería Baraka en Órgiva, regentado por un bilbaíno converso, que un día decidió que el Islam era lo que estaba buscando en esta vida. Y ya ves, hizo las maletas y se fue para Órgiva y montó este restaurante tetería.



Lo siento, pero la comida árabe bien cocina me pirra, y ésta, o my god, estaba muy bien cocinada. Creo que es el cous cous más rico que he comido en mi vida, y el babaganoush (o crema de berengena, para los poco puestos) sencillamente deliciosa. Llego el momento del postre y a mí no me daba la vida, pese a que no había acabado con los dos platos anteriores, estaba llenísima. Pero un postre, es un postre, y lo demás son chorradas. Resulta que el restaurante tiene una selección de tartars caseras y bio que te caes. Bufff, si es que así no se puede! caí con un bombón y un trocito de tarta de plátano pero que no sabía a plátano!




Decidme vosotros, sin tener previsto venir a visitar las Alpujarras, si no ha sido una jornada maravillosa? Voilà!


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