1 jul. 2009

Le Mont Saint Michel, la niña bonita de la Normandie.


Bueno, pues no quería marcharme sin visitar Le Mont St. Michel. Estaba tan cerca, que hubiera sido un crimen no acercarnos hasta allí.

Por un día, el sol se escondía entre las nubes, así que lo que nos encontramos al llegar, fue una abadía rodeada de una neblina blanca que le daba un aire más peculiar si cabe. La verdad es que es un monumento impresionante, su ubicación le hace extraordinario. El problema surge cuando te topas con dos millones de coches (y otros tantos autobuses) aparcados en el inmenso relleno que han preparado como parking. Eso de entrada, te tira un poco para atrás. Si encima, cuando entras al recinto, sucumbes a una riada de turistas que como tú, cámara en ristre, pretenden captar hasta el último rinconcito del lugar, pues te vas desanimando, que queréis que os diga.


Yo pienso que visitar la abadía en febrero o marzo con un frío terrible, tiene que ser muy emocionante, y la podrías disfrutar mucho más. La cantidad de escaleras, recintos, pasadizos, salas, recovecos que te encuentras en el camino impresiona de verdad. Si disfrutas de tal laberinto una fría, helada y solitaria mañana de invierno, forrada hasta las orejas para no sucumbir en el intento, la impresión tiene que ser tremenda. Pero claro, si lo compartes con hordas de japoneses, escolares y otros cientos de turistas, pues no es lo mismo, que vamos a hacer.

Nada más entrar al recinto amurallado te encuentras con una calle plagadita de tiendas de souvenirs y comida rápida, cosa que te apabulla un poco, es un amontonamiento de personal que para qué. Pero según vas subiendo hacia la abadía, (incontables las escaleras, no aptas para corazones débiles), la marabunta va desperdigándose y puedes encontrar hasta espacio para moverte. Recorrer la abadía por dentro es una delicia, hacer una foto sin intrusos por medio, un imposible.

He de decir, que el camino de ronda, el que se hace al borde de las murallas está muy bien aprovechado. Si algo han sabido hacer los franceses, es sacarle jugo hasta límites insospechados al metro cuadrado del islote. Los restaurants, bistrots y demás locales de comida decente, tienen preciosas vistas a la bahía. Con lo cual, tomarse un descanso mirando al mar se hace imprescindible cuando estás allí. Encontrarás de todos los precios y gustos, pero muy especialmente, comida francesa.

Y llegados a este punto que es el final de nuestro viaje, quiero plasmar una serie de conclusiones de importancia vital para mí y para cualquier viajero que no quiera llevarse sorpresas:

1º Que aquí los hot-dog miden medio metro, prácticamente una baguette.

2º Que los bretones, no son franceses, son bretones.

3º Que si en un restaurante pides “de l’eau” (0 €), en vez de “eau minérale” (4 €), pues te ahorras una pasta y encima te sacan una botella fresquita de la nevera que está estupenda.

4º Que en la carretera, siguiendo las señales de “toutes directions” llegas siempre a tu destino, es genial!

5º Que los franceses aborrecen la noche, porque estiran su “bonjour” (buenos días) hasta horarios insospechados!

6º Lo más importante de todo, es que ya soy capaz de pronunciar “ouef” (huevos) y que me entiendan, casi lloro de la emoción!

Y dicho esto, doy por concluida mi etapa francesa que ya me tenía hastiada. Au revoir!

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