26 jun. 2009

La Rochelle y el Camping Sequoia Park


Antes de nada dejar constancia que esta parada la hice exclusivamente por los niños. Ni que decir tiene, que tanto tiempo de tumbona en tumbona, al tercer día, a mí ya me tiene aburrida. No obstante, el parque acuático que tenía el Sequoia Park era espectacular: varias piscinas, varios toboganes, un río de agua templada, etc etc etc.. y quise hacerles una gracia.

Ciertamente, el “cottage” también era de primera, limpio, nuevo y muy bien acondicionado. Y encima, estaba en los terrenos de un castillo, que eso da mucho caché. Si los antiguos dueños levantaran la cabeza la volverían a hundir de inmediato. Si vieran sus cientos de hectáreas totalmente parceladas y sembradas de cajones prefabricados, morirían de estupor! Y ya no te digo nada, si asistieran cinco minutos a una de las animadas “soirés” donde docenas de ingleses y holandeses quemados por el sol, animan a sus retoños a subir al escenario para bailar cualquier horterada del momento.


Pero mira tú por donde, en su “boutique de tendencias” encontré mis nuevas gafas “french-chic” y pude devolverle a Endika las suyas. La verdad es que el azul metalizado combinaba fatal con mis modelitos. Y aquí en la France, aunque no te conozca ni dios, y se esfuercen en decirte “ciao” (porque siempre nos confunden con italianos!), pues una tiene su dignidad. Y como dice mi madre, “las bragas siempre limpias, por lo que pueda pasar”, pues eso. Hay que estar divina de la muerte aunque estés perdida de la mano de dios, en un pueblo que casi ni aparece en los mapas.

Bueno, pues lo único que visitamos en esta parada fue La Rochelle. La verdad es que no esperaba que fuera tan grande, ni que fuera tan imposible encontrar la oficina de turismo. Para más inri, el mapa de la ciudad que yo tenía en mi poder antes de ir quedó encima de la mesa al marchar. Con lo cual, al llegar era incapaz de orientarme. Pero como no soy cabezona ni nada, hasta que no conseguí llegar al puerto, donde quedaban los restos de las torres, no cejé en mi empeño.

Lo mejor de todo (por no decir casi lo único de la mañana) fue ver la cara que ponían los niños al engullir una ostra. Mi hijo que es más tragón y más chulillo, me pidió una segunda, pero Endika tardó un buen rato en conseguir tragar la suya. Fue muy gracioso. Como no podía ser de otra manera, también pedimos unos suculentos “moules marinières” que ante la falta de entusiasmo de los infantes, fui degustando tranquilamente.

Y sin pena ni gloria nos marchamos de la Charente-Maritime. À bientôt!

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